Soy de aquí, y aquí me quedo

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Decilo,

Soy de aquí, y aquí me quedo

Pertenecer es un privilegio que muchas veces damos por sentado.

A nuestra familia, a un grupo de amigos, a las personas de la U que pasan sin reparar en otro par de ojos, pero que sabemos nos deduce como miembros de ese todo, de una comunidad, el espacio físico y social que cohabitamos. No se nos pregunta para pertenecer; no se pide permiso, los límites y normas que vienen luego son ficciones nuestras, también.

El juego de la pertenencia es aquel que nos colorea al margen de las líneas, otorga derechos y delega responsabilidades, un balance que en principio parece sencillo de acatar. Sabemos indudablemente que si existimos, pertenecemos. Pero también se puede existir sin pertenecer. Este es el peligro de la ambivalencia.

El domingo, seis miembros de la comunidad Ngäbe-Buglé viajaron alrededor de seis horas para presentarse ante un nuevo gobierno, o como lo entendemos, un grupo de extraños de saco y corbata con la potestad de sentar las normas de la pertenencia.

¿Ngäbe? Reconocidos hasta hace algunas décadas, pero residentes de siglos. Su comarca está en Panamá, pero para ubicarlos en su historia hace falta mucho más que un mapa. No tienen acceso a la ciudadanía costarricense, y por ende no tienen documentos que les identifique. Su condición para vivir acá en muchos casos la firma un contrato (a veces inexistente) con una empresa extranjera que cobra más de lo que paga.

Si no les suena el nombre, quizás no hayan escuchado de ellos. Hasta hace poco, yo también los ignoraba.

Su ruta es la de Sixaola, Talamanca. No son los que se emplean en la colecta de café, ellos vienen de las bananeras y plataneras. El acceso a la educación básica es limitado, y ni hablar de las oportunidades universitarias. En materia de salud y seguridad social, las alternativas también son precarias. Su solicitud no es otra más que atender de inmediato el llamado desesperado a cumplir con los derechos humanos.

En menos de tres días, seis personas -algunas nuevas en la capital- convocaron medios, a todas las fracciones de la Asamblea Legislativa, inclusive se sentaron a dialogar en despachos del gobierno, una hazaña compleja para la media de costarricenses. Acompañarles no solo me mostró lo absurdo que es el juego de la pertenencia, sino lo extraordinario que se puede ser cuando la esperanza marca el camino a casa.

“La sangre que nos corre es roja, como la de ustedes. Somos iguales”, dijo Eusebio, dirigiéndose al grupo de legisladores atentos.

Nunca he visto una frontera, no creo haber sentido o tocado alguna. No estoy seguro dónde acaban, o dónde empiezan, pero sí puedo decir que las he escuchado, rígidas y dolorosas, en cada relato perverso de discriminación y abandono.

Los Ngäbes partieron de nuevo a Sixaola, exhaustos, pero con la satisfacción de que esta vez, quizás, nos hayan enseñado a todos una lección sobre pertenencia, quizás la única que necesitábamos.

Mauricio Durán

Estudiante de Comunicación Colectiva.

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