La oportunidad para Nicaragua

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Decilo,

La oportunidad para Nicaragua

Mi país vive actualmente una crisis. Un momento decisivo. Nicaragua cumple dos meses de contar muertos. Más de 180 personas hasta la fecha. “La peor masacre en tiempos de paz”, le han llamado. El gobierno del presidente Daniel Ortega ha desatado nada menos que una ola de terrorismo de Estado que persigue, hostiga, tortura, apresa, agrede y mata a quienes expresan su descontento hacia él y piden su salida inmediata del poder.

Desde el 18 de abril pasado he sufrido al ver los atropellos cometidos por miembros de la policía y fuerzas de choque parapoliciales enviadas por el gobierno contra innumerables manifestaciones cívicas en todo el país que rechazan la represión y la dictadura de Ortega. Hemos visto la muerte de cerca de tres personas por día. Una cada ocho horas. Cientos de imágenes y vídeos corren por las redes evidenciando el horror documentado por los propios ciudadanos.

He llorado, llena de indignación e impotencia, por la muerte de Alvarito Conrado, el primer niño mártir, a quien le dispararon mientras pasaba agua a los estudiantes universitarios que se manifestaban pacíficamente contra la represión estatal. Me he quedado perpleja al escuchar de viva voz de Denis González, quien está vivo de milagro, cómo un policía le metió un tiro en la cabeza cuando volvía a casa de su trabajo al pasar cerca de una protesta en Managua. He soñado con la muerte de Ángel Gahona, el periodista que, por esas vueltas macabras del destino, acabó registrando su propia muerte cuando, mientras transmitía por Facebook Live lo que ocurría en su ciudad Bluefields, recibió un certero disparo en la cabeza.

Me he puesto furiosa al ver cómo los medios oficialistas fabrican mentiras y usan evidencias de la represión de forma tergiversada y perversa, mientras los medios independientes han sido agredidos y hasta censurados. He sentido rabia al ver el cinismo con que Rosario Murillo, la vicepresidenta y esposa de Ortega, y sus allegados han llamado al pueblo “minúsculos”, “vándalos” y “plagas” y se han atrevido, incluso, a negar los muertos y culpar a los agredidos de ser los agresores.  Me he quedado atónita al conocer este fin de semana, a través del testimonio de Cinthia López, de la muerte de seis miembros de su familia, incluidos una niña de dos años y un bebé de cinco meses, cuando policías y parapoliciales incendiaron su casa por rehusarse a que éstos entraran para colocar un francotirador en el tercer piso de la vivienda.

(CNS photo/Jorge Torres, EPA)

Las historias de terror son muchas y cada una duele, desencaja y quita el aliento al pueblo nicaragüense que, hasta hace dos meses, creía vivir en un país más o menos seguro en el cual Daniel Ortega y Rosario Murillo se habían erigido por once años como la pareja omnipotente, con dominio total y absoluto sobre el país; omnisciente, con ojos y oídos en barrios, instituciones del estado y en redes sociales para fiscalizar quiénes se alineaban al régimen y quiénes intentaban desafiarlo;  y omnipresentes, con sus árboles de la vida y los rótulos con sus rostros sonrientes y benevolentes por toda Nicaragua. Como dioses intocables. Como dioses que podían ser tan buenos como para darnos esa estabilidad económica elogiada por grandes entes financieros mundiales, como para darnos parques con wi- fi gratis, láminas de zinc, mayor visibilidad de mujeres en puestos públicos y las condiciones para el aumento del bendito turismo. Como dioses que tomaban sus decisiones de forma autoritaria y paternalista, porque seguro el pueblo no sabía lo que necesitaba: un poco de pan y cada vez menos democracia. Como dioses que respondían iracundos ante cualquier muestra de ingratitud con suficiente violencia y represión como para aplacar cualquier intento de rebelión, pero con el cuidado de no mostrar su lado más cruel e inhumano.

Hace dos meses todo cambió y los dioses se convirtieron en la pesadilla de la que Nicaragua quiere despertar. Creyeron que podrían matar y volver a arriar el rebaño. El pueblo les demostró que había límites que no debieron haber cruzado. “Todo te dejamos pasar, pero jamás hubieras tocado a nuestros muchachos”, se leía en un rótulo en una de las multitudinarias marchas contra Ortega.

Han sido 60 días en los que los nicaragüenses hemos vivido una montaña rusa de emociones. Hemos reído con los cientos de ingeniosos memes que la gente se ha dado a la tarea de elaborar para lograr sobrellevar el luto y el dolor con un poco de humor; y también hemos llorado de la emoción de ver un pueblo tan valiente, tan unido y tan solidario. Me he emocionado al ver ríos de gente en tantas ciudades del país, felices con sus banderas y pancartas, libres y empoderados gritando su sentir. He llorado viendo, una y otra vez, el momento en que muchachos y muchachas veinteañeros le dijeron a Daniel Ortega en su cara que es un asesino y que se tiene que ir. Me he sentido orgullosa de mis amigos y amigas que se han entregado plenamente a la causa, entregando víveres y medicinas, sorteando el peligro y ondeando sus banderas con enormes sonrisas en cada plantón. He leído, con ávido interés, los fuertes planteamientos, reclamos y posturas de diversos colectivos que se unen bajo el mismo coro de la libertad. He discutido también, me he disgustado con cercanos, porque disentimos en nuestras interpretaciones de lo que ocurre o de lo que se debe o no hacer en momentos tan críticos. He compartido, una y otra vez, cómo todo esto nos ha tomado por sorpresa.

Nunca pensamos que nos iban a perseguir y matar sin piedad por pedir la renuncia de quien ha desgobernado, nunca imaginamos que nos quitarían tanto, que perderíamos tanto… hasta el miedo de salir a las calles. Nunca creímos que Nicaragua se vería, una vez más y cuarenta años después, desafiando a otra dictadura, la de Ortega, uno de los hombres que luchó por derrocar la anterior, la de Somoza.

Mucho se ha dicho que hablar de crisis es hablar de peligro y de oportunidad. Yo escojo así creerlo. Estamos viviendo un momento duro, Nicaragua no volverá a ser la misma. Nos encontramos ante un momento de extrema polarización en que relaciones se han roto, es mucho lo que se ha perdido, el resentimiento invade y la incertidumbre nos carcome. Diario nos levantamos contando los ataques, los muertos y heridos. Diario vemos cómo el país se transforma en una zona de guerra en que la economía agoniza, mientras se continúa derramando la sangre de nuestros hermanos. Pero es también un momento en que muchos nos preguntamos qué vendrá después.

La posibilidad de contar con una oportunidad para Nicaragua es lo que ha hecho al pueblo seguir. En medio del dolor y la angustia, se siente la esperanza. Pensar en una nueva Nicaragua es lo que ha llevado a unirse a los estudiantes universitarios, a los empresarios, a las feministas, a la comunidad LGBTI, al movimiento campesino, ambientalistas, a las comunidades indígenas y afrodescendientes del Caribe del país, a personas de los barrios y de las mansiones, a gente de derecha y de izquierda, a la Iglesia Católica, evangélicos y ateos para buscar el cambio que necesita Nicaragua. Un cambio definitivo.

(Photo: The Daily Beast)

La determinación de todo un pueblo va más allá de quitar a un gobernante déspota o de desafiar a un partido para poner a otro. Esto es mucho más. Es la oportunidad que buscamos para reinventarnos como nación. El dolor de perder vidas, una vez más, a causa de quienes se enferman de poder, debe hacernos buscar la salida del círculo vicioso del caudillismo y las dictaduras.

Me llena de emoción compartir con tantas personas el entusiasmo por esa nueva Nicaragua. Ese entusiasmo es el que hasta el día de hoy nos mantiene firmes en la posición de sacar a un tirano del poder. Ese anhelo es el que, además, debe mantenernos críticos y alertas en el trabajo de definir cuál es ese país que queremos.

Para eso debemos ver a los lados, ver los ejemplos de los países hermanos, pero, sobre todo, vernos a nosotros mismos. Es posible construir una Nicaragua con verdadera democracia, con institucionalidad, con un verdadero y absoluto respeto a los derechos humanos.

Sé que no soy la única que sueña con una Nicaragua libre, estable, que apueste por gobernantes íntegros y éticos con la visión de un desarrollo verdaderamente sostenible, que respeten las leyes y nuestros derechos, que busquen la verdadera paz y luchen por la verdadera igualdad de las personas, que entiendan que su llamado es a servir y no a servirse del país.

Sé que somos muchos los que buscamos ser una mejor sociedad, una que entienda que existen formas sanas de liderazgo que están lejos de la tiranía y el abuso, una libre de opresiones, una que se vaya cuestionando y busque ser menos clasista, menos machista, menos depredadora, menos homofóbica, menos xenofóbica, menos racista, una con medios de comunicación autónomos, éticos y profesionales que informen sabiendo que su responsabilidad es construir un país más justo y pacífico.

Nicaragua está ya ante el reto inmenso de reconstruir una economía seriamente dañada por la crisis. Hasta la fecha, los daños ascienden a los mil millones de dólares y los sectores productivos sufrirán las repercusiones por años. Para que cualquiera de los demás sueños se pueda realizar el país tiene que evitar el colapso económico en el corto plazo, estructurar un plan para el crecimiento sostenible y poder enfrentar los retos de desarrollo que persisten. El país tiene que tomar esta oportunidad para crear la base para una recuperación sana y sostenible, basada en el imperio de la ley, con reglas claras, transparentes y justas. La transparencia facilita y hace eficientes la inversión pública y privada, las cuales serán claves para crear una economía que pueda atender las necesidades de todos los nicaragüenses.

El país merece un plan económico tan ambicioso como inclusivo y respetuoso del ambiente. Debemos trabajarlo juntos. Evitemos que la pobreza nos sujete al populismo, al fanatismo o al narcotráfico. Será imperante librarnos de estos males que tanto daño han hecho a los países de la región.

Tomemos esta oportunidad. Hagámosla nuestra desde hoy. Mantengámonos firmes en la resolución colectiva de no responder con violencia y de conservar esta rebelión cívica y pacífica. Pensemos en cómo vamos a reconstruir un país en el que estamos llamados a reconciliarnos como hermanos, en cómo vamos a trabajar para impartir justicia, pero también para recuperar relaciones rotas y no dejar latentes las heridas del conflicto.

Pensemos, desde hoy, en acercarnos a nuestros vecinos, en construir una sana relación con nuestra hermana Costa Rica para dejar atrás la xenofobia, para tomar su ejemplo en la búsqueda y preservación de la democracia y los derechos humanos; en trabajar para que nuestra hermana Honduras también sea libre de corrupción y del crimen organizado; en unirnos y echar a andar, mano a mano, por fin juntos, todos los países centroamericanos, un plan por el interés común de prosperidad para todos.

A dos meses de la represión y la violencia de las que Nicaragua ha sido víctima, todavía hay mucho por verse. Daniel Ortega parece renuente a dejar de matar, tanto como a dejar el poder. Sin embargo, del otro lado, los nicaragüenses nos encontramos indignados, decididos y esperanzados. Queremos un chance para construir una nueva Nicaragua. La consciencia colectiva ha despertado. La tarea es gigantesca, pero la oportunidad es demasiado valiosa. Hagámoslo.  

Cindy Regidor

Periodista y conductora de televisión nicaragüense radicada en Costa Rica. Obtuvo una maestría en Medios de Comunicación, Estudios de Paz y Conflicto en la Universidad para la Paz de las Naciones Unidas.

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